sábado, 5 de mayo de 2018

No tenéis necesidad de que nadie os enseñe


Y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe” 
(1 Juan 2:27).

A primera vista este versículo plantea algunos problemas. Si no necesitamos que nadie nos enseñe, ¿por qué el Señor resucitado estableció maestros para edificar a los santos para la obra del ministerio? (Ef. 4:11- 12).

Para poder entender lo que Juan está diciendo, será de gran ayuda conocer el trasfondo de su carta. Cuando la escribió, la iglesia estaba siendo acosada por falsos maestros conocidos como gnósticos. Estos herejes habían profesado alguna vez ser creyentes sinceros en el Señor Jesús y formaban parte de las asambleas locales.Pero con el paso del tiempo comenzaron a promover sus falsas ideas acerca de la humanidad y deidad de Cristo.

Decían tener un conocimiento superior, de aquí les vino el nombre de gnósticos, de la palabra griega gnosis: “conocer”. Probablemente, el mensaje que transmitían a los cristianos sonaba así: “Lo que tienes es bueno, pero nosotros tenemos una verdad extra. Podemos llevarte más allá de las simples enseñanzas e iniciarte en nuevos y más profundos misterios. Si deseas llegar a la madurez y la plena realización, necesitas de nuestra enseñanza”.

Pero Juan advierte a los cristianos que todo esto es un engaño. No necesitan a ninguno de estos impostores para que les enseñen. Tienen al Espíritu Santo. Tienen la Palabra de Verdad y tienen maestros ordenados por Dios. El Espíritu Santo les capacita para discernir entre la verdad y el error. La fe cristiana ha sido una vez dada a los santos (Jud. 3) y cualquier cosa que pretenda añadirse es fraudulenta. Los maestros cristianos son necesarios para explicar y aplicar las Escrituras, pero nunca deben ir más allá de lo que está escrito.

Juan sería el último en negar la necesidad de los maestros en la iglesia porque él mismo era un maestro por excelencia. Pero también era el primero en insistir en que el Espíritu Santo es la autoridad más alta, y que guía a Su pueblo a toda la verdad a través de las páginas de la Santa Escritura. La veracidad de toda enseñanza debe ser probada por medio de la Biblia. Si alguna pretendida enseñanza es una añadidura y reclama igual autoridad, o no coincide con la Biblia, debe ser rechazada.

William MacDonald

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